martes, 16 de octubre de 2007

Bitacora



Después de unos días de navegar a traves del mar Caribe, con un clima tropical y con miles de gentes embarcadas en la misma nave nos fuimos acercando a una isla tan antigua como sus calles. Se anunciaba en todas partes del crucero que en 30 minutos estaríamos llegando a Puerto Rico. La gente iba a sus cuartos con prisa, la cual pretendían ocultar, pero se miraba por el caminado rápido de toda la gente. Son treinta minutos que pasan en menos de un pestañazo para algunos pero para otros pasan como si cada segundo fueran horas. Nos acercábamos cada vez mas a la isla y desde varios kilómetros de distancia se miraba se miraba el morro, famosa obra arquitectónica de la isla. El barco se estaciona y después de unos minutos las puertas del barco se abren solo por 4 o 5 horas. Nos arreglamos y agarramos todas nuestras pertenencias que creíamos que nos serian útiles. Mi cara con un parche en el ojo izquierdo ya que en el barco me resbale patinando en hielo y caí con toda la cara. Solo tenia vista de un ojo, y con unos grandes lentes que pretendían tapar el parche que tenia en el ojo. Al cruzar la puerta de salida el calor le pegaba en la cara a uno como una puñalada que no dolía. El ambiente era de festejo, pues obviamente si todos los que bajábamos de ese barco eramos turistas, y nos tenían que enseñar su mejor cara. Caminamos como 6 o 7 cuadras todas en subida, pero valían la pena. Llegamos al morro el cual tenían una vista que la palabra espectácular es poco para describirla. Después de tomarnos unas fotografías y después de apreciar la vista seguimos recorriendo las calles como colon el día que conquistó nueva tierra: curioso e impresionado de la belleza extraordinaria del lugar. Mi abuelo, un hombre muy sabio y con sus ya bastantes años de vida nos acompañaba a ese viaje maravilloso. Mira desde lejos un letrero viejo que decía " se vende licor" y en vista que en los cruceros el licor es estúpidamente caro, decidió ir a comprar una botellita de ron. Mi abuelo y el ron formaron una muy buena amistad hace ya varios años y desde entonces se acompañan a todos lados. Abajo del letrero había una puertecita, muy pequeña que había solamente que empujarla para poder entrar. Entramos mi abuelo y yo a la tienda, o mercadito o como quieran llamarle. Habían cosas muy raras pero a mi no me entro ninguna curiosidad. Mi abuelo compra la botella de ron y un anciano le dice: " Señor, no vaya a quitar la bolsa café de encima de la botella o se la quitan si lo miran con ella". Mi abuelo le agradeció muy educadamente y seguimos caminando. Encontramos un lugar maravilloso, mas que todo para las mujeres, era una calle muy parecida a las nuestras en Antigua Guatemala pero toda llena de tiendas de toda clase y tipo. Ahí pasamos el resto de nuestro tiempo hasta que cayó el sol. Vimos a Puerto Rico de noche y creo que ahí fue donde por primera vez me enamore de algún lugar además de mi país. Era la ciudad perfecta, con un clima tropical, un ambiente de fiesta, gente amistosa y amable, con las mejores playas que jamas había visto. Aprecie esa vista anonadada por 30 minutos que ojala se me hubieran pasado como horas. Regresamos a la nave que estaba lista para zarpar. Desde entonces he vivido enamorada de Puerto Rico. Fue mi primer viaje donde encontré un amor, que desde entonces no ha dejado de existir.

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